YOGA-TERAPIA

Andrés Quesada Crecimiento Leave a Comment

Por: Victoria Herrero

Recibí formación en  varias técnicas de quiromasaje y quiropraxia y posteriormente me formé como terapeuta craneosacral. A través de la experiencia de la aplicación de estas terapias manuales y de la ob20160428_200534servación de sus consecuencias en el organismo  he podido evidenciar como a través del contacto de las manos en otro cuerpo, en ocasiones con un trabajo de carácter más físico e intenso y en otras más energético y sutil, el organismo experimenta cambios que acaban redundando en la mejora integral de la persona.

El proceso terapéutico que se desencadena a través de la terapia manual me abrió a la observación de determinadas circunstancias que se repetían sistemáticamente y que veo claramente reflejadas en su concepto más profundo en la práctica del yoga.

En primer lugar está la evidencia de la relación entre el trabajo con el cuerpo y las consecuencias en nuestro estado mental y emocional. De la misma forma que un trabajo de quiromasaje o de quiropraxia sobre una zona dolorida o contracturada tiene una consecuencia en el alivio de una situación de estrés emocional, pudiéndose establecer con relativa facilidad “recorridos causa-efecto” en el proceso de  liberación de restricciones musculo-esqueléticas que afectan al sistema nervioso, órganos y sistemas cuyo funcionamiento va a provocar la generación de una química en el organismo que se asocia a estados emocionales concretos, de la misma forma digo, la práctica de yoga actúa sobre el sistema musculo-esquelético y fascial en primera instancia, para conseguir la misma cadena de relaciones “causa-efecto” que se da  en el transcurso de una sesión terapéutica.

En ambas situaciones, terapia manual y práctica de yoga, hago dos observaciones que considero fundamentales como parte del proceso terapéutico. La primera de ellas tiene relación con la continuidad. Difícilmente se puede ofrecer una respuesta terapéutica a una situación crónica mediante el recurso de una sesión puntual de terapia. Tal vez, tras una sesión de quiromasaje encontremos un gran alivio  en esa molesta contractura cervical, acompañado de una sensación de descanso  que nos acompañará durante unos días en los que experimentaremos un engañoso proceso de mejora que vuelve indefectiblemente a mostrar los síntomas iniciales al poco tiempo, (más aún si se ha hecho caso omiso a las recomendaciones del terapeuta al respecto de la realización de  unos breves ejercicios de movilidad diarios). Así mismo tras una sesión de yoga podemos percibir una sensación de relax y ligereza y un estado de ánimo calmado, que al volver al ámbito cotidiano rápidamente retorna al habitual nivel de tensión física, mental y emocional.

Tanto en la aplicación de terapias manuales como en la práctica de yoga es la constancia la  que permite en el organismo realizar cambios duraderos.

La segunda observación fundamental está relacionada con el hecho de la toma de conciencia sobre la propia situación. Al acudir a un terapeuta con la intención de obtener una mejora o beneficio terapéutico se está “poniendo en manos de otro” ese proceso y en general no se suele observar o prestar atención a los cambios o respuestas corporales que no tengan que ver directamente con el síntoma que nos interesa eliminar o, más bien, silenciar. Es el quiropráctico o el terapeuta craneosacral el que se ocupa de localizar una determinada restricción articular, fascial o energética y de facilitar a través de su trabajo el que la restricción se vaya suavizando y, en el mejor de los casos, eliminando. Esa delegación de responsabilidad en el proceso terapéutico no sucede en la práctica de yoga, que en su proceso de trabajo físico individual, con atención sobre la propia situación corporal, las posibles restricciones de movilidad, las variaciones en la respiración, más sutiles o intensas, en función del trabajo, y los cambios en la situación mental y anímica, toda esta conciencia y trabajo conjunto, hace que se asuma plenamente la responsabilidad de la propia situación y por lo tanto de las consecuencias terapéuticas que se dan a través de la práctica. Esta asunción junto con una práctica continuada y una actitud observante permite cambios duraderos en el organismo ya que, de modo análogo a lo que sucede en terapia craneosacral, el organismo no es forzado a adoptar una nueva situación (como es el caso de un desbloqueo vertebral en quiropraxia, por ejemplo) sino que va adoptando exclusivamente aquellos cambios que se puede permitir  mantener.

Aunque la siguiente afirmación puede parecer “tirar piedras contra el tejado” de los terapeutas manuales y craneosacrales, sería absurdo no reconocer que la práctica continuada de yoga proporciona un tremendo poder terapéutico al practicante. Le da autonomía de gestión de sus propios cambios y le facilita el proceso de mejora física, mental y emocional. Esto, que aparentemente puede parecer la panacea de la salud a un neófito en la práctica (el que no es neófito en ella sabe perfectamente que lo es) luego no tiene las consecuencias deseadas por el simple hecho de que generalmente suele ser más habitual, por comodidad o pereza, el descargar la responsabilidad del propio bienestar en otra persona. El “dejarse llevar” por los hábitos cotidianos generalmente gana la batalla al “tomar las riendas” de la propia salud (es por eso que los terapeutas coexisten con los profesores de yoga sin dificultad alguna).

Yo recomiendo probar a trabajar con la propia responsabilidad, el autoconocimiento, la constancia y la toma de riendas de la situación personal. Escuchar y trabajar con nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestras emociones permite que de manera paulatina y sosegada se vaya desperezando en nosotros ese “Yo saludable” que coexiste con ese “Yo constreñido, dolorido y tenso”. Realmente solo hay que dejarlo salir. Démonos cuenta y hagámosle sitio.

 

Salud para todos.

Victoria Herrero

 

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